Saltar al contenido
NarrativasMito

La tejedora de la neblina

Una leyenda inventada, inspirada en la tradición andina, que explica por qué el páramo amanece cubierto de neblina.

«Colibrí Errante» · Grado 9.° · 14 años

  • 3 min de lectura
  • Número 1 · Octubre 2026
Paisaje de páramo al amanecer: montañas verdes y grises separadas por bandas de neblina blanca.

Cuentan los abuelos de las veredas altas que, hace muchísimo tiempo, el páramo no tenía neblina. El sol de la mañana caía directo sobre las montañas, y las lagunas, que no tenían con qué cubrirse, se iban secando un poco cada día. Los frailejones, que entonces tenían las hojas lisas y verdes, se doblaban de sed.

En una casa de barro, al pie de la montaña, vivía Nayra, una niña que había aprendido a tejer con su abuela. Tejía ruanas, mochilas y cobijas, y era tan rápida que decían que sus manos conversaban entre ellas.

Una tarde, Nayra subió a buscar agua y encontró la laguna grande convertida en un charco. Se sentó a la orilla y vio a un frailejón que se inclinaba hacia el agua, como si quisiera beber.

—Si tuvieran una manta —pensó—, el sol no les quitaría el agua.

Esa noche juntó toda la lana blanca que tenía su abuela. Cuando se le acabó, pidió a las ovejas un poco más, y las ovejas se la dieron. Cuando tampoco alcanzó, subió al páramo y tejió con el vapor que salía de su boca en el frío, y con el aliento tibio de las vacas, y con el humo de los fogones del valle.

Antes del amanecer, Nayra extendió sobre la montaña una manta tan grande y tan delgada que se podía ver a través de ella. Cuando el sol salió, la manta lo detuvo con suavidad. Las lagunas no se secaron, y los frailejones bebieron de las gotas que se quedaban enredadas en el tejido.

Nayra repitió el trabajo cada noche durante muchos años. Cuando ya fue una anciana y sus manos se cansaron, subió por última vez al páramo y llamó al viento.

—Te voy a enseñar a tejer —le dijo—. Tú tienes manos invisibles, pero tienes tiempo.

El viento aprendió. Desde entonces, cada madrugada, extiende sobre el páramo la manta que Nayra le enseñó a tejer, y la recoge cuando el sol ya está alto.

Por eso el páramo amanece cubierto de neblina. Y por eso los frailejones tienen las hojas cubiertas de pelusa plateada: dicen que son hilos de lana que guardaron de aquella primera manta, para no olvidar quién les quitó la sed.

Nota del autor: esta leyenda es inventada. Me inspiré en los relatos que escuché en un viaje al páramo y en lo que aprendí en Ciencias sobre cómo los frailejones atrapan el agua de la neblina.