El loro que lo repetía todo
Una fábula sobre un loro famoso por sus palabras… que no eran suyas.

En lo alto de una ceiba vivía un loro que tenía la mejor memoria del bosque. Bastaba con que alguien dijera una frase para que él la repitiera igualita, con la misma voz y hasta con el mismo estornudo.
Si la tortuga decía «despacio se llega lejos», el loro gritaba «¡despacio se llega lejos!» desde la rama más alta. Si el mono decía «el que madruga encuentra los mangos maduros», el loro lo repetía tres veces, y todos los animales aplaudían. Pronto lo nombraron el más sabio del bosque.
Un día hubo una gran discusión: el río estaba bajando y nadie sabía si debían cuidar el agua o seguir gastándola como siempre. Todos se reunieron alrededor de la ceiba.
—Que hable el loro —dijo la guatina—. Él sabe muchas cosas.
El loro abrió el pico, orgulloso. Pero esta vez nadie había dicho nada antes que él, y no tenía nada que repetir. Movió las alas, se rascó la cabeza con la pata y por fin dijo:
—Que hable el loro.
Los animales se miraron. La lechuza, que había escuchado todo en silencio, bajó a una rama cercana.
—Amigo —le dijo con suavidad—, tú guardas las palabras de los demás como quien guarda semillas en un frasco. Pero las semillas no sirven si nunca las siembras.
Esa noche el loro no durmió. Bajó al río, miró cómo el agua dejaba ver las piedras y pensó, por primera vez, con sus propias palabras. A la mañana siguiente pidió la palabra en la reunión. Habló despacio, se equivocó dos veces, y al final propuso turnos para beber y para llevar agua a los árboles más secos.
No fue su discurso más bonito. Pero fue el primero que era suyo.
Moraleja: repetir no es lo mismo que pensar. Quien solo copia las palabras de otros se queda sin las propias.