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NarrativasCuento

La biblioteca que no quería dormir

Una tarde, una estudiante se queda encerrada en la biblioteca del colegio y descubre de qué hablan los libros cuando nadie los abre.

Valentina Ríos Ospina · Grado 10.° · 15 años

  • 5 min de lectura
  • Número 1 · Octubre 2026
Collage de papeles rasgados de colores, algunos con renglones de cuaderno, unidos con cinta rosada.

Cuando la señora Elvira apagó la última lámpara y cerró la puerta de la biblioteca, a las cinco en punto, yo seguía sentada en el piso detrás del estante de las enciclopedias. No lo hice a propósito. Estaba tan metida en el capítulo once de un libro que nadie más pedía prestado que no oí las llaves. Según la ficha pegada en la contraportada, ese libro llevaba nueve años sin salir de allí.

El silencio de un colegio vacío es distinto al de una casa. Tiene eco. Escuché el portón, los pasos del celador alejándose hacia la cancha y, después, nada. Le escribí a mi mamá que me había quedado encerrada, que estaba bien, que el celador pasaba a revisar a las seis y media. Encendí la linterna del celular y me quedé quieta, con la espalda contra los lomos fríos de la letra M.

Fue entonces cuando oí el primer suspiro.

Pensé que era el viento, porque las ventanas de la biblioteca nunca cierran bien. Pero el segundo suspiro vino de arriba, de la repisa de poesía, y sonaba cansado, como el de mi abuelo cuando se sienta después de almorzar.

—Por fin se fueron —dijo una voz delgada, de papel—. Creí que hoy no iban a apagar nunca.

Apagué la linterna. El corazón me latía en las orejas. Con la luz anaranjada que entraba desde la calle vi cómo un libro de tapas verdes se deslizaba del estante, caía de pie sobre la mesa y se abría por la mitad, igual que alguien que se estira.

—¿Hay alguien más despierto? —preguntó.

—Yo —respondió un atlas gordo desde el rincón—. Pero me duele el ecuador.

—A ti siempre te duele algo.

Uno a uno, los libros fueron bajando. Un diccionario se arrastró con mucha dignidad, como un señor que no quiere que le ayuden. Las revistas viejas salieron en bandada, aleteando sus páginas sueltas. Una colección de cuentos de terror se quedó arriba, mirándolo todo con desconfianza, porque eso es lo que hacen los cuentos de terror.

Yo no me moví. Sabía que si respiraba fuerte iban a descubrirme.

Se juntaron sobre la mesa larga, la misma donde hacemos los trabajos en grupo, y formaron un círculo. El diccionario carraspeó, y sonó como cuando alguien pasa muchas páginas a la vez.

—Compañeros —dijo—. Esta semana solo prestaron cuatro libros. Cuatro. Y uno lo devolvieron con una mancha de arequipe.

Se escuchó un murmullo indignado.

—Nos estamos quedando dormidos —dijo el libro verde—. Ya saben lo que pasa cuando un libro pasa mucho tiempo sin que nadie lo abra.

—Se le borran las palabras —susurró una revista.

—No se le borran —corrigió el diccionario, que no podía evitarlo—. Se le olvidan. Las letras siguen ahí, pero ya no recuerdan lo que querían decir.

Pensé en el libro que tenía en las manos, el de los nueve años. Lo abrí despacio. En la página donde me había quedado, las letras temblaban un poco, como si tuvieran frío.

—¿Y qué hacemos? —preguntó el atlas.

Nadie respondió. El silencio se volvió tan pesado que no aguanté más.

—Pueden leerse entre ustedes —dije.

Treinta portadas se giraron hacia mí al mismo tiempo. El diccionario se cerró de golpe, del susto.

—Una lectora —dijo el libro verde, muy despacio—. Una lectora despierta, a esta hora.

—Perdón —dije—. Me quedé encerrada. Es que quería terminar este.

Levanté el libro de la ficha vieja. Algo pasó entonces en la mesa: un temblor de hojas, como un aplauso tímido.

—Ese es Ernesto —dijo la revista—. Pensábamos que ya no iba a despertar.

—Está despierto —dije—. Va en el capítulo once y está buenísimo.

Me pidieron que leyera en voz alta. Me senté en la silla de la señora Elvira, que nadie puede usar, y leí el capítulo once, el doce y parte del trece. Mientras leía, las letras dejaron de temblar. Los libros se fueron acomodando alrededor, algunos abiertos, otros con la tapa apenas levantada, como quien escucha con un ojo cerrado.

Cuando vimos la linterna del celador cruzando el patio, el libro verde me dijo que se tenían que ir.

—¿Vas a volver? —preguntó el atlas.

—Mañana es jueves —dije—. Los jueves tenemos hora de lectura.

En un segundo todos estaban otra vez en sus estantes, quietos, como si nada. El celador abrió, me regañó un poquito y me acompañó hasta la portería, donde mi mamá me esperaba con cara de no saber si reírse o enojarse.

Al otro día, en la hora de lectura, no elegí ningún libro. Llevé a mi grupo hasta el estante de los que tenían la ficha más vieja y les pedí que escogieran uno de ahí. Se rieron de mí, pero lo hicieron.

La señora Elvira me miró raro cuando sellamos once préstamos en una sola mañana. Yo no le expliqué nada. Solo me pareció ver que, en la repisa de poesía, un libro de tapas verdes se acomodaba un poco, como alguien que por fin puede dormir tranquilo.