El viaje de Chihiro: perder el nombre y encontrarse
La película de Hayao Miyazaki cumple veinticinco años y sigue siendo un viaje que vale la pena hacer.
Chihiro tiene diez años y está de muy mal humor: sus papás la obligan a mudarse a otra ciudad. En el camino se pierden y llegan a un parque de diversiones abandonado. Sus papás se sientan a comer sin pedir permiso y se convierten en cerdos. A partir de ahí, Chihiro tiene que trabajar en una casa de baños para espíritus, dirigida por una bruja llamada Yubaba, si quiere salvarlos.
Lo primero que me sorprendió es que Chihiro no es la típica heroína. Llora, se queja, le tiene miedo a todo. No se vuelve valiente de un momento a otro: se vuelve valiente porque no le queda otra opción, y eso la hace muy real.
Un nombre que no hay que olvidar
Yubaba le quita su nombre y la llama Sen. Quien olvida su nombre, dice la película, no puede volver a casa. Me pareció una idea muy bonita: lo que somos depende de recordar de dónde venimos. Haku, el chico misterioso que la ayuda, también perdió el suyo, y la parte en que lo recupera es de mis escenas favoritas.
Los detalles
La animación está hecha con un cuidado impresionante. Hay una escena en un tren que avanza sobre el agua, en silencio, que dura apenas unos minutos y que todavía recuerdo. Y Sin Cara, el espíritu que no habla y que quiere ser aceptado a toda costa, da para conversar un buen rato después de verla.
Tiene algunos momentos que pueden asustar a los más pequeños, pero nada que no se pueda ver en familia. Es una película para ver con calma, con las luces apagadas, y para pensar en ella al día siguiente.