Carta a mi abuela, que siembra café
Versos largos, escritos sin prisa, sobre el arte de esperar a que maduren el café y las palabras.
Abuela, me traje de las vacaciones tu sombrero, el que cuelga detrás de la puerta del cuarto de herramientas,todavía con olor a cafetal y a esas mañanas en que te levantas antes que los gallos.Me lo puse y me quedó grande, como me quedan grandes todavía tus palabras,esas que dices despacio mientras escoges los granos rojos y dejas los verdes para después.
«Todo tiene su tiempo», me dices, y yo, que siempre he tenido prisa, no te entendía.
Ahora escribo poemas y tacho más de lo que dejo, y pienso que escribir es como recoger café:hay que esperar a que la palabra madure, hay que agacharse, hay que ensuciarse las manos,y no sirve arrancar el racimo entero de una vez, porque se pierde lo mejor.
Te escribo desde la ciudad, donde el cielo es más bajito y las montañas no se ven, pero cuando cierro los ojos todavía oigo la quebrada y tu radio con boleros.
Abuela, aprendí a esperar. Todavía no del todo, pero aprendí.Este poema lo dejé madurar tres semanas. Está rojo. Ya lo puedes recoger.
